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El castrismo -en su versión histórica y en su agotada administración actual- se edificó sobre una promesa de justicia social que derivó en un sistema
00:10 viernes 13 febrero, 2026
Colaboradores
Cuba no vive una crisis: vive un estado permanente de excepción económica, política y moral. Lo extraordinario se volvió rutina -apagones interminables, escasez de alimentos y medicinas, migración masiva, salarios simbólicos- y la pregunta ya no es qué salió mal, sino quiénes sostienen lo que claramente no funciona. La respuesta incómoda es doble: el régimen cubano es el principal responsable del colapso, pero Estados Unidos también ha sido corresponsable al optar, durante décadas, por una política punitiva que no democratizó la isla y sí endureció la vida cotidiana de los cubanos. En medio, aparecen Rusia y China como “aliados” circunstanciales, más interesados en su propio cálculo geopolítico que en el bienestar de la sociedad cubana.
El castrismo -en su versión histórica y en su agotada administración actual- se edificó sobre una promesa de justicia social que derivó en un sistema cerrado, incapaz de corregirse. La centralización absoluta asfixió la iniciativa, la represión normalizó el miedo y la propaganda sustituyó al debate. La economía planificada, sostenida por subsidios externos en distintas épocas, nunca logró productividad ni resiliencia; cuando el benefactor se iba (la URSS ayer, Venezuela antes de colapsar), el edificio temblaba. Hoy, sin colchón, el modelo muestra su desnudez: un Estado que controla casi todo y produce casi nada, que castiga la disidencia y exige paciencia infinita a una población exhausta.
Pero reducir la tragedia a un “fracaso interno” sería cómodo y falso. El embargo estadounidense -o bloqueo, según la narrativa- no explica por sí solo el desastre, pero lo agrava y lo instrumentaliza. Washington apostó durante décadas a que el castigo económico precipitaría un cambio político; lo que logró fue ofrecer al régimen un enemigo externo perfecto y encarecer la vida de los ciudadanos comunes. Las sanciones amplias, rígidas y politizadas no derribaron al autoritarismo; lo blindaron. Cada hospital sin insumos y cada anaquel vacío se volvieron munición retórica. La política estadounidense hacia Cuba ha sido, en el mejor de los casos, ineficaz; en el peor, funcional al inmovilismo de La Habana.
En este vacío entran Rusia y China. Moscú vuelve a la isla con reflejos de Guerra Fría: acuerdos energéticos, cooperación militar simbólica y una retórica de desafío a Estados Unidos. No hay altruismo: hay tablero. Pekín, más pragmático, ve en Cuba un punto de apoyo tecnológico y diplomático, financia infraestructuras selectivas y exige estabilidad, no libertades. Ambos ofrecen oxígeno limitado a cambio de lealtad estratégica. Ninguno impulsa reformas políticas profundas; a ambos les conviene un socio predecible, no una democracia ruidosa.
México, por su parte, ha optado por una cercanía política que se presenta como “no intervención”, pero que en la práctica se traduce en respaldo diplomático y ayudas puntuales sin condiciones. La tradición mexicana de soberanía es respetable; su aplicación acrítica, no. La solidaridad sin exigencias termina siendo coartada. Apoyar a Cuba no debería significar avalar un régimen que encarcela opositores y criminaliza la protesta.
Así, Cuba queda atrapada entre un poder interno que se niega a abrirse, un vecino poderoso que castiga sin transformar y aliados externos que sostienen sin reformar. El resultado es la parálisis. Y mientras tanto, la sociedad se mueve: se va, protesta cuando puede, inventa economías de sobrevivencia, pierde el miedo a cuentagotas. Las protestas del 11J no fueron un accidente; fueron un síntoma.
Hablar de cambio de régimen no es invocar un caos vengativo ni una democracia importada. Es reconocer que el sistema actual agotó su legitimidad y su capacidad de gobernar. El cambio necesario es político, económico y jurídico: pluralismo real, libertades civiles, elecciones competitivas, separación de poderes, apertura a la iniciativa privada, Estado de derecho. Nada de esto llegará por inercia ni por decreto externo. Requiere presión interna, acompañamiento internacional inteligente y, sí, una rectificación de Washington: sustituir sanciones generales por incentivos claros y verificables, apoyar a la sociedad civil, facilitar intercambios y remesas sin alimentar al aparato represivo.
Cuba no necesita salvadores ni tutores; necesita reglas que permitan a su gente decidir. El régimen debe asumir su responsabilidad histórica y abrir la puerta. Estados Unidos debe abandonar la comodidad del castigo estéril. Rusia y China deberían entender que la estabilidad verdadera no se compra con cheques ni con silencios. El naufragio es compartido; la salida también debería serlo.
POR JAVIER GARCÍA BEJOS
COLABORADOR
@JGARCIABEJOS