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Millones de personas creen que es un gran músico, otros millones creen que no. Pero en 13 minutos todos llegaron a un convenio: Benito es un artista
00:10 jueves 12 febrero, 2026
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Crecí escuchando a Miles Davis con mi padre, a Burt Bacharach con mi madre y a Flans con mis amigos. Luego me enseñé a que me gustaran Alban Berg y David Bowie. Y a últimas fechas me ha dado por Benjamin Clementine. No, Bad Bunny no es uno de los artistas más presentes en mis hábitos de escucha.
Dos canciones que me divertían en la juventud son de dancehall jamaiquino –la versión de Shaggy de “Oh, Carolina!”, la “Informer” de Snow–, por lo que no tuve problema con bailar las de El General ni con escuchar en repeat la “Gasolina” de Daddy Yankee a lo largo del verano de 2004. También es cierto, sin embargo, que, señor de 50 años que soy según el registro civil –y de 83 según el algoritmo de Spotify–, cada vez paso más tiempo con Coltrane y Cole Porter que con los éxitos del momento. Y que, incluso tratándose del hit parade actual, me decanto antes por Bruno Mars o por Harry Styles que por Bad Bunny.
Lo cual es perfectamente irrelevante.
Como ha sido el caso de tantas otras grandes estrellas del pop –de Elvis a Madonna a Britney–, la música es más o menos incidental en el caso de Benito: apenas el vehículo de un discurso que abreva también de otras disciplinas –el video, la moda, el teatro– para articular un universo estético y un territorio de discusión que ponen en juego ideas complejas y provocadoras. Puesto de otro modo, si bien son muchos quienes sintonizaron el medio tiempo del Super Bowl para corear “Tití me preguntó” y “Debí tomar más fotos”, aventuro que somos más quienes lo vimos para conocer cuáles serían las estrategias del artista para oponerse al despotismo racista del presidente de Estados Unidos, y que lo celebramos menos porque nos haya puesto a bailar (aunque también) que porque nos puso a pensar (y a algunos hasta alguna lágrima nos arrancó).
La pregunta central del show de 13 minutos que presentó el puertorriqueño era “¿Qué es América?”; como verdadero artista dejó la respuesta abierta. En un registro cercano al de ese magnum opus sobre la cuestión que es America, América: A New History of the New World del historiador Greg Grandin, el espectáculo todo pareció funcionar en dos registros: postulando los United States of America (sin acento) como un Estado plurinacional –uno que cuenta entre sus expresiones culturales el perreo y las piraguas, los tacos y el español– pero también la América toda (con acento y un territorio que abarca de Argentina a Canadá) como una comunidad de Estados soberanos llamados a dialogar en un plano de igualdad.
De la relevancia de esas dos discusiones, que Bad Bunny ha ampliado mucho más allá del círculo rojo, depende el futuro de Estados Unidos, y con él el de la humanidad. Si canta bonito o hace lindas melodías son cosas que revisten un interés muy menor en ese contexto. Es un artista, no un entretenedor.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector