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El uniforme dejó de imponer respeto
00:10 jueves 12 febrero, 2026
Colaboradores
A veces una escena breve explica mejor el ánimo de una ciudad que cualquier informe oficial. Un video que circula en redes muestra una trifulca en la Central de Abastos de San Luis Potosí: gritos, tensión, detonaciones que alertan, policías estatales que llegan al sitio y, en medio del caos, un trabajador que lanza un golpe directo contra un agente. Minutos después, decenas de personas rodean a los uniformados y los obligan a retroceder. La escena dura poco, pero su significado pesa mucho más de lo que aparenta.
Lo ocurrido no es solo un enfrentamiento aislado. Es la representación visible de algo que se ha venido acumulando: la erosión del respeto a la autoridad. Durante décadas, el uniforme simbolizó orden, límite, presencia del Estado. Hoy, en ciertos espacios, este símbolo parece haber perdido su fuerza disuasiva. Cuando un ciudadano se siente con la libertad —o la necesidad— de confrontar físicamente a un policía frente a decenas de testigos, el problema deja de ser disciplinario y se vuelve estructural.
También conviene preguntarse qué hay detrás de ese gesto colectivo. En espacios como la Central de Abastos convergen jornadas extenuantes, economía informal, presión económica y relaciones históricamente tensas con la autoridad. El hartazgo social suele incubarse en silencio: percepción de abusos, desconfianza institucional, sensación de que la ley se aplica de manera desigual. Nada de eso justifica la violencia, pero sí ayuda a entender por qué el miedo dejó de ser un factor de contención. Cuando la legitimidad se debilita, la autoridad pierde terreno incluso antes de intervenir.
El episodio revela otro elemento inquietante: el control simbólico del territorio. Que un grupo numeroso de trabajadores se sume a la confrontación y haga retroceder a los agentes envía un mensaje contundente sobre quién ejerce el poder real en ese momento y en ese espacio. Para los cuerpos de seguridad, estas escenas representan desgaste operativo y desmoralización; para la ciudadanía, refuerzan la idea de que la autoridad puede ser desafiada sin consecuencias claras. Ambos escenarios erosionan el orden público.
En este tipo de hechos también pesa lo que no se dice oficialmente. Se habla de operativos, de investigaciones y de personas lesionadas, pero poco se explica sobre las causas profundas de la confrontación, el estado de la relación entre comerciantes y autoridades o las condiciones que permitieron que la tensión escalara hasta ese punto. ¿Quién gana con el silencio? ¿Qué decisiones institucionales, o qué ausencias, abonaron al clima que hoy se observa en las calles?
La escena de la Central de Abastos no debería leerse como una anécdota viral, sino como una señal de alerta sobre el vínculo entre ciudadanía y Estado. La autoridad que sólo se impone, pero no convence, termina siendo desafiada; la ciudadanía que solo reacciona, pero no dialoga, contribuye a un círculo de confrontación permanente. Si el respeto deja de sostener al uniforme y la confianza deja de sostener al ciudadano, lo que queda no es orden, sino una disputa abierta por quién manda realmente en el espacio público. Y esa es una pregunta que ninguna ciudad puede permitirse dejar sin respuesta.
¡Hasta mañana!