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No es una frase cómoda ni simpática
00:01 viernes 9 enero, 2026
Colaboradores
…y Nicolás Maduro es un dictador. Por eso los venezolanos celebran. No es una frase cómoda ni simpática. Tampoco pretende serlo. Donald Trump es misógino, racista, autoritario, narcisista y profundamente ególatra. Le interesa ser el centro del mundo, sueña con el Nobel de la Paz y se vende como salvador planetario mientras acumula intereses personales y políticos. Nada de eso es defendible. Sin embargo, Nicolás Maduro es un dictador. Y esa diferencia —incómoda, pero esencial— explica por qué tantos venezolanos celebraron su captura.
Conviene hacer una pausa ahí. Punto y aparte los venezolanos. Ellos, y solo ellos, tienen la voz cantante del sentir. No los opinadores profesionales, no los activistas de consigna rápida, no los twiteros de escritorio. Los venezolanos que celebraron en Madrid, Buenos Aires, Miami o Santiago no estaban celebrando a Trump ni a Estados Unidos; estaban celebrando una grieta —mínima, quizá— en un muro que los ha asfixiado durante años. Eso es lo que a veces se pierde de vista. He visto también videos de venezolanos en Caracas hablando de soberanía, condenando la intervención, repitiendo un discurso pulido, trabajado, sin emoción visible. Tal vez sea prejuicio mío, pero así lo percibí: palabras aprendidas, no vividas. En contraste, los venezolanos que celebran fuera del país lo hacen con llanto, con gritos, con cuerpos que se sacuden. No parecen actuar para la cámara; parecen desahogarse. Y esa diferencia importa. Creo firmemente que, en el fondo, lo que a muchos les molesta no es la caída de Maduro, sino que sea Estados Unidos —y más aún Donald Trump— quien haya movido la ficha. Porque Trump encarna todo lo que cierta izquierda y cierto progresismo detestan: poder duro, unilateralidad, músculo militar, pragmatismo sin pudor. Pero el mundo no se mueve por simpatías morales, sino por intereses.
Mucho se habla de imperialismo estadounidense. Y probablemente lo sea, al menos en lo económico. Pero el imperialismo económico no es, por definición, el mal absoluto. El tiempo suele ser más honesto que las consignas. Afganistán es un ejemplo incómodo: se acusa —con razón— a Estados Unidos de haber engañado al mundo con su intervención, pero basta mirar lo que ocurrió tras su retirada para entender que la ausencia también tiene costos brutales. Las mujeres volvieron a ser borradas del espacio público, las libertades se extinguieron, el país retrocedió décadas. A veces, el abandono pesa tanto como la intervención. Nada de esto absuelve a Trump. Tampoco diluye la responsabilidad estadounidense en violaciones al derecho internacional. Pero tampoco puede ocultar lo central: el régimen de Maduro ha sido sistemáticamente represivo, ha destruido contrapesos institucionales, ha encarcelado opositores, ha reprimido protestas y ha forzado a millones al exilio. No es una caricatura ni propaganda: es una dictadura que se perpetúa mediante miedo, hambre y control. Trump lo sabe y actúa en consecuencia. Su incursión en Venezuela tiene múltiples lecturas. No fue solo por Venezuela: fue una demostración de cómo se entra, cómo se presiona y cómo se negocia. Incluso podría leerse como una master class involuntaria para Rusia y China o como un mensaje directo a Pekín: cuidado con Taiwán. El tablero no estaba abierto, pero Trump aumentó cuadros en Venezuela y dejó una pieza clave colocada: Delcy Rodríguez, chavista y vicepresidenta de Maduro, ya sentada a negociar petróleo. En términos ajedrecistas, el movimiento no se agota ahí. Los otros lados del tablero están marcados: México, Cuba y Colombia. A Gustavo Petro ya lo llamó. Mientras en Colombia se celebró el “diálogo respetuoso”, Trump fue claro: si quiere hablar, que venga a la Casa Blanca. No fue una invitación amistosa; fue una citación. Y el mensaje fue entendido.
Por si fuera poco, hay otro tablero en mente: Groenlandia. Trump quiere Groenlandia, y eso tensaría seriamente a Europa. Y aquí aparece una verdad de esas que pesan reconocer: durante décadas, buena parte del costo de la defensa europea tras la Segunda Guerra Mundial lo ha asumido Estados Unidos. No es un argumento noble, pero sí real. El mundo no funciona por justicia poética. Todo esto me recuerda inevitablemente a 1984 de George Orwell: grandes bloques, grandes potencias, reacomodos constantes. El mundo pareciera cambiar, pero en realidad solo redistribuye fuerzas. Económicamente, el planeta ya opera por bloques. Estados Unidos entendió en el siglo XX algo clave: consumir, invertir en tecnología y mantener el flujo del capital. Por eso quien despierta en Filipinas, Marruecos o Albania quiere dólares, no rublos, yenes ni pesos mexicanos. México, por cierto, ya no está solo como espectador. Es jugador. Tiene el T-MEC en puerta, posibilidades reales de ser plataforma energética y forma parte del bloque económico más poderoso del mundo. Más allá de la narrativa presidencial —de cualquier signo— ese es el tablero real que nos tocó.
Por supuesto que los ciudadanos tenemos derecho a protestar, a disentir, a indignarnos. Pero también tenemos obligaciones sociales. El mundo es imposible de entender sin política, por más seductor que suene el ideal antisistema o anarquista. Hay una diferencia entre crítica y consigna. Por eso incomoda ver ciertas reacciones selectivas: Free Palestine, pero no Free Venezuela; condena total cuando interviene Estados Unidos, silencio cuando la represión es interna o cuando otros imperios hacen lo mismo. No es solidaridad, es tribalismo. Mucho menos es ética, es reflejo automático. Nada de esto absuelve a Trump. Ni a Israel en Gaza. Ni a Stalin. Ni a Hitler. Las dictaduras y los genocidios merecen condena absoluta. Eso no está a debate. La pregunta es otra, más profunda y menos cómoda: ¿qué es mejor para un país como Venezuela? ¿Una intervención con pretensiones económicas que eventualmente derive en estabilidad y opciones de vida? ¿O cincuenta, sesenta o cien años más de represión heredada, al más puro estilo chavista, transmitida como herencia familiar?
Claro que el argumento de quien pide otras formas es válido. Las preguntas, igual de válidas, son inevitables: ¿Cómo? ¿Hay otras vías? ¿Golpe de Estado? Ya se intentó. La líder terminó en clandestinidad por ese “pecado”. Las salidas no son muchas y parecen ser, insisto, imperfectas, aunque nos gustaría que no lo fueran. No se trata de aplaudir a Estados Unidos ni de santificar a Trump. Se trata de mirar el mundo como es, no como quisiéramos que fuera. Y, sobre todo, que a nosotros nos corresponde opinar con responsabilidad, darle la lectura profunda a un tema tan complejo y, especialmente no dejar de escuchar a quienes viven bajo el peso de las decisiones. En este caso, los venezolanos. "Estados Unidos venía por el petróleo, sí; ¿y Rusia y China a qué venían a Venezuela? ¿Por la receta de las arepas?" Decía un venezolano que protestaba contra un mitin solidario de mexicanos en la CDMX.