Vínculo copiado
A veces es necesario respirar de las columnas sociopolíticas
00:10 viernes 14 agosto, 2026
Colaboradores
En esta semana, desempolvando algunos libros, me encontré con el Libro. Y mire, a veces es necesario respirar de las columnas sociopolíticas; curiosamente, es un grito de auxilio necesario cuando las cosas no marchan del todo bien en ninguno de los frentes que atañen a la política, rigurosamente la mexicana. Por eso, hoy encaminé la pluma hacia algo más personal y literario, un terreno que disfruto enormemente. Los pilares de la Tierra, de Ken Follett, es uno de esos libros. Lo leí por primera vez cuando era -sin temor a exagerar- un párvulo de 13 o 14 años y me ocurrió algo que pocas novelas han conseguido conmigo: no podía soltarlo. Me desvelaba hasta las tres o cuatro de la mañana leyendo y, a esa edad, me fascinaron del libro -qué otra cosa si no- las guerras, las peleas, las intrigas y las traiciones. La novela era, para mí, una historia gigantesca que no dejaba de suceder en campos de batalla y soldados medievales. Años después vino mi formación literaria. Leí mucho más, aprendí a mirar de otra manera la construcción de una novela, los personajes, el narrador, el lenguaje y las estructuras narrativas. Cuando volví a Los pilares de la Tierra ya como adulto tuve un pequeño temor: ¿y si aquella novela que me había emocionado tanto de adolescente no resistía el paso del tiempo ni las herramientas con las que ahora podía analizarla?
Y no solamente resistió, sino volví a terminar sus últimas doscientas o trescientas páginas durante una madrugada y llegué a gritar de emoción -esto es real- con algunas escenas. La diferencia era que ahora entendía muchas más cosas. Por ejemplo, entendía ya por qué algunos personajes tienen que morir. En literatura hay ciertas recetas que, por más antiguas que sean, siguen funcionando cuando están bien ejecutadas. Un héroe emergente difícilmente puede crecer si tiene frente a él a un héroe consolidado que ocupa todo el espacio narrativo. Necesita enemigos, obstáculos, derrotas y dificultades, pero también necesita espacio para convertirse en quien está destinado a ser. Follett conoce muy bien esas recetas. No pretende reinventar todos los mecanismos de la literatura para contarnos una historia, sino que los utiliza, los combina y, sobre todo, los cuenta bien. Algo parecido ocurre con el romance entre Jack y Aliena, para lo que el autor recurre aa una vieja fórmula shakesperiana. Una historia de amor rara vez se vuelve apasionante por la facilidad con la que dos personas consiguen estar juntas; nos interesa por todo aquello que se interpone entre ellas. Romeo y Julieta no serían Romeo y Julieta si el mundo les hubiera permitido simplemente amarse, señalaba Follet en une entrevista. Pero Los pilares de la Tierra es mucho más que una novela que sabe mantenernos pasando páginas. Está, primero, la catedral. Follett consigue explicar cómo se construye una catedral sin que la explicación se convierta en un manual de arquitectura. Algo difícil, porque hay momentos en los que aparecen palabras y procedimientos que un lector común probablemente desconoce, pero la narración consigue que uno quiera saber qué está ocurriendo. Es casi como detenerse frente a una construcción en la calle y observar a los trabajadores hacer algo cuyo procedimiento no comprendemos del todo, pero que nos maravilla. Y quizá esto tenga todavía más mérito si consideramos que el tema religioso ocupa buena parte de la novela. Ni Follett ni yo somos personas religiosas. Sin embargo, creo que ambos podemos entender algo que va mucho más allá de la fe y es el enorme papel que la religión ha tenido en la historia humana. Las iglesias, las catedrales, los monasterios y los rituales no son solamente asuntos de creyentes; son también arquitectura, arte, política, historia, cultura, poder y, sobre todo, testimonios de cómo los seres humanos han intentado comprender el mundo. Literariamente, y no quiero aburrirlo, amable lector, la novela está muy bien narrada. Follett utiliza un narrador omnisciente, pero cambia constantemente el foco desde el que observamos los acontecimientos. No solamente seguimos a quienes queremos; en algunos pasajes incluso somos llevados hacia la perspectiva de personajes que quisiéramos ver fracasar. William Hamleigh, por ejemplo, es uno de los grandes dolores de cabeza de la novela y también de nosotros como lectores. Entrar en su perspectiva resulta desesperante, incluso perturbador, precisamente porque nos obliga a mirar desde el lugar de alguien a quien difícilmente queremos acompañar.
A todo esto se suma la profundidad histórica de la novela que se desarrolla en el contexto de la Anarquía inglesa y utiliza acontecimientos y personajes reales como parte de su reconstrucción. El asesinato de Thomas Becket, por ejemplo, deja de ser una fecha en un libro de historia para convertirse en un acontecimiento que uno siente que está presenciando. Esa es una de las virtudes de la novela histórica cuando está bien hecha, que no se limita a decirnos qué ocurrió, sino que intenta hacernos imaginar cómo pudo sentirse vivir aquello. Y Follett tampoco se guarda demasiado, porque si tiene que contar un ahorcamiento, lo cuenta. Si hay violencia, sacrilegio, sexo o una violación, no los suaviza para hacer más cómoda la lectura. La Edad Media de Los pilares de la Tierra no está perfumada; por el contrario, sus personajes comen, rezan, maldicen, trabajan, desean, tienen miedo y sufren como personas de una época brutal.
Ahí está Ken Follett, un extraordinario contador de historias. Podría discutir con él muchas decisiones narrativas. Podría señalar personajes demasiado buenos o demasiado malos, escenas que quizá pudieron resolverse de otra manera o recursos que, desde una mirada puramente literaria, podrían ser cuestionados. Pero cuando alguien me pregunta cuál es la novela más emocionante que he leído, sigo respondiendo lo mismo: Los pilares de la Tierra. No necesariamente es la novela que considero mejor escrita de todas las que he leído. Ahí entrarían Cervantes, Tolstói, Dostoyevski, García Márquez, Elena Garro, Carlos Fuentes y tantos otros. Pero sí es, sin duda, una de las novelas que más profundamente me recuerdan por qué leo. Y quizá la verdadera maravilla del libro es que una historia escrita sobre constructores, monjes, nobles y campesinos de la Inglaterra medieval pueda seguir hablándonos, siglos después de aquella época, de cosas que todavía no hemos resuelto como el poder, la ambición, la fe, la intolerancia, la corrupción, la necesidad de construir y nuestra eterna lucha entre destruir lo que tenemos o levantar algo que pueda sobrevivirnos. ¿Que si hay algo malo de esta implícita recomendación literaria que nadie ha pedido? Sí. El libro, invariablemente, en algún punto, termina.