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La mira está puesta sobre toda la cadena comercial y financiera
10:57 jueves 28 mayo, 2026
México
Washington, DC. — El combate al robo y contrabando de hidrocarburos en México, conocido popularmente como "huachicol", ha dado un giro radical. El gobierno de los Estados Unidos ha comenzado a clasificar esta actividad ilícita como un asunto de seguridad nacional y una pieza clave en el financiamiento del crimen organizado transnacional, equiparándolo con el apoyo material a organizaciones terroristas.
Con este nuevo enfoque, la estrategia de Washington ya no se limita a perseguir a quienes perforan ductos o conducen pipas clandestinas en territorio mexicano. La mira está puesta sobre toda la cadena comercial y financiera en ambos lados de la frontera: empresas importadoras, comercializadoras, distribuidoras, gasolineras, firmas de logística, agentes aduanales y empresas "factureras" que hayan participado, directa o indirectamente, en operaciones con combustible de origen ilícito.
El endurecimiento de las políticas estadounidenses responde a que el Departamento del Tesoro y diversas agencias de seguridad ya identifican al robo de combustible como un motor económico vital para grupos como el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), organización que Estados Unidos ya tiene catalogada como Organización Terrorista Extranjera y Grupo Terrorista Global Especialmente Designado.
Bajo esta premisa, cualquier ganancia derivada del huachicol que termine en las arcas de estos grupos es leída por Washington como colaboración material con el terrorismo.
En el Capitolio, senadores de los partidos Republicano y Demócrata impulsan de manera conjunta la iniciativa de ley conocida como Stop Fueling Cartel Violence Act (Ley para Detener la Violencia de los Cárteles Mediante Combustibles). Esta propuesta busca obligar al Pentágono a presentar un informe detallado ante el Congreso sobre cómo el contrabando de hidrocarburos espolea la violencia criminal en México y afecta la seguridad en la frontera estadounidense. Lo que durante años operó en corredores estratégicos de estados como Querétaro, Tamaulipas, San Luis Potosí y Zacatecas como una economía ilegal tolerada —con la presunta complicidad de políticos, transportistas y pseudoempresarios— se ha transformado en una sofisticada red de suministro paralelo. La advertencia de las autoridades norteamericanas es severa: las consecuencias para las empresas involucradas ya no se limitarán a la cancelación de visas o sanciones administrativas. La trazabilidad del dinero y del producto podría derivar en investigaciones penales por lavado de dinero, fraude fiscal y financiamiento al terrorismo. La investigación no solo apunta a México; también voltea hacia el propio suelo estadounidense. Un caso que encendió las alarmas de las agencias de inteligencia fue el cateo de las oficinas de Ikon Midstream en Houston, Texas. La petrolera estadounidense se encuentra bajo el escrutinio de las autoridades de ambos países por presunto contrabando de combustibles ligado a redes del CJNG, aunque la firma ha rechazado categóricamente haber cometido irregularidades. El punto más crítico de esta ofensiva radica en la fiscalización de las facturas y los pedimentos de importación. Si una empresa mexicana o estadounidense adquiere o transporta diésel, gasolina, nafta o crudo cuya procedencia esté bajo investigación, el argumento de "yo solo compré o transporté" ya no será suficiente. A partir de ahora, la lógica de Washington exigirá a los corporativos demostrar que implementaron estrictos controles de debida diligencia para saber con quién operaban, el origen real del combustible y el destino final de los recursos.
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