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Entre 25 y 30 sanciones fueron aplicadas, relacionadas con conductas de taxistas
00:10 viernes 29 mayo, 2026
Colaboradores
La movilidad en la Alameda y el primer cuadro de la capital volvió a instalarse en las primeras planas y en las redes sociales. Entre 25 y 30 sanciones fueron aplicadas, relacionadas con conductas de taxistas que se estacionan en zonas prohibidas o en espacios destinados al ascenso y descenso de pasajeros, según reportó la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de la capital, que dice haber reforzado operativos para mantener el orden vial en la zona. La postura municipal es conocida -y válida, de hecho-, pues -de entrada- no existe problema alguno cuando un taxi llega, desciende o asciende pasaje y continúa su trayecto, el problema aparece cuando algunos operadores -porque sí, nos ha tocado verlos- se quedan largos ratos ocupando espacios destinados al transporte urbano, particularmente en esos dos frentes ya muy conocidos de la Alameda, el pegado a Plaza del Carmen y el que corre frente al Museo del Ferrocarril, casi hasta el Eje Vial. Y sí, si hay faltas, corresponde sancionarlas; nadie tendría demasiado argumento para oponerse a ello. En un contexto nacional donde urge aplicar la ley, pecaríamos de insensatos por pensar lo contrario.
Sin embargo, el mismo reporte municipal menciona algo que ensancha la conversación, porque también mantiene vigilancia para evitar que automovilistas particulares invadan cajones exclusivos para personas con discapacidad, lo que refleja que el problema de movilidad en la Alameda no es, ni por asomo, exclusivamente de los taxistas.
Y no, no se trata de ponerse el traje de taxista. Sí me tocó trabajar en ese rubro hace algunos años, conozco las virtudes y las miserias del gremio; pero también considero que la falta de cultura vial en San Luis Potosí es un problema mucho más amplio, uno que empieza con peatones, sigue con ciclistas, motociclistas, automovilistas, transporte urbano, taxis y prácticamente cualquiera que haga uso del espacio público en esta ciudad. Hace unas semanas me tocó ver una escena que retrata bastante bien el problema. Iba en el transporte público, en el Ruta 6, para ser precisos; el chofer llegó a la Alameda y había un par de taxistas estacionados justo en el área de ascenso y descenso de los camiones urbanos. El camionero no se detuvo antes de librar ambas unidades, cuando perfectamente podía hacerlo unos metros antes para que una señora subiera sin problema; decidió avanzar la pesada unidad prácticamente aventándosela a los taxis. La señora corrió, llegó agitada, subió apenas y le reclamó, “señor, me hizo correr”. El conductor, con ese tono medio sermoneador de quien quiere dar una lección sobre una situación que, en realidad, nos compete a todos, respondió, “dígales a estos señores, a ellos dirija su queja”. Y no. Para empezar, el Ruta 6 es uno de los que más se cambia de carril e invade el de Metrored, documentado por esta misma casa informativa; para seguir, deslindarse de todos los actores que ejercemos la movilidad en la ciudad es justamente donde empieza y se refleja la falta de cultura vial, por no agregar la calidad del servicio de transporte público, que también ha sido tema de discusión en los últimos días… meses… años.
Porqu,e por extender el asuntacho, los camiones urbanos en la Alameda ni siquiera tienen ya paradas claras y visibles; pareciera que sí, pero hace mucho desaparecieron los letreros que indicaban qué ruta se detenía en qué tramo de la banqueta a espaldas de Plaza del Carmen. Algunas rutas, además, invaden carriles -como ya se mencionó- destinados a otros sistemas de transporte y obligan a usuarios a cruzar carriles para alcanzar un camión que decidió detenerse donde no correspondía, con automóviles circulando justamente por el espacio que el peatón intenta atravesar. Esto, además de poner en evidente riesgo a peatones, desenmascara la eficiencia del servicio. También ocurre con los espacios destinados a personas con discapacidad, y no sólo por culpa de automovilistas particulares. Pasa cuando hay ferias, mercados, exposiciones o cualquier evento instalado en la Alameda; hace poco estuvo la Feria del Taco y pocos parecieron preguntarse qué ocurría con esos espacios reservados. Más allá de los cajones que sí se ocupan y se cobran mediante parquímetros, hubo espacios destinados a personas con discapacidad que quedaron invadidos o inutilizados y, curiosamente, casi nadie dijo demasiado al respecto. Entonces, ¿de verdad el problema del primer cuadro puede reducirse únicamente a los taxistas? Porque tampoco existe una estructura vial completamente funcional; hay horarios en que un agente de tránsito regula el flujo peatonal entre el jardín central y las espaldas del Teatro de la Paz y sí, se nota la diferencia, pero en otras horas simplemente no hay nadie. Tampoco abundan las indicaciones claras para peatones, ni existe una organización suficientemente consistente del flujo vehicular.
Por supuesto que hay que sancionar a quienes incumplen; si ya se le indicó a un gremio que no debe ocupar ciertos espacios y lo sigue haciendo, corresponde aplicar la regla. Pero si lo que realmente se quiere es construir una cultura de movilidad y de respeto vial en San Luis Potosí, entonces habrá que abandonar la comodidad de pensar que el problema marcha solo sobre los ruleteros. Menciono todo esto también hay peatones que cruzan ignorando semáforos y exponiéndose innecesariamente; motociclistas y automóviles que se cruzan de carril a carril como si el reglamento fuera apenas una sugerencia amable -incluso, en un arrebato de osadía, se atreven a no marcar con direccional la maniobra-; conductores que se brincan altos, se quedan atravesados en intersecciones o convierten cualquier hueco disponible en estacionamiento improvisado. Vaya, todos lo hemos visto y, mientras el enfoque no sea más amplio, seguro que seguiremos viendo la misma dinámica de movilidad de siempre. Todo eso forma parte del mismo ecosistema de movilidad del primer cuadro; entonces sí, sanción para quien incumpla, pero también organización, señalética, infraestructura, vigilancia constante y una conversación más honesta sobre la cultura vial que tenemos.