Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
La selección mexicana lleva décadas prometiendo un salto que sus convocatorias desmienten una y otra vez
00:10 miércoles 17 junio, 2026
Colaboradores
Las listas de convocados al Mundial parecen mero trámite: país, nombre, dorsal. Pero leídas en serie ofrecen un diagnóstico. Las de México, de 1998 a 2026, cuentan una historia trunca: la de una selección que salió al mundo, pero sólo a medias.
Durante mucho tiempo la selección fue producto nacional. En Francia 98, el 95% de los convocados jugaba en México; en Corea-Japón 2002 y Alemania 2006, el 83 por ciento. Los futbolistas se formaban y se consagraban en casa. La liga era, para casi todos, origen y destino.
Luego se inauguró otra época. En Sudáfrica 2010, el peso de la liga local bajó a 61%; en Brasil 2014 subió a 65%; y en Rusia 2018, la selección más internacional que hayamos tenido, apenas 39% de los convocados jugaba en México.
Pero aquello no fue lo que parecía. De los catorce que jugaban fuera, sólo seis estaban en alguna de las cinco grandes ligas europeas: Inglaterra, España, Italia, Alemania o Francia. El resto se repartía entre las de Estados Unidos, Portugal, Bélgica y Holanda. Medida con la vara de las cinco grandes ligas, la representación mexicana nunca ha pasado del 26%, techo que tocó en 2014 y 2018 y al que no ha vuelto a acercarse. La internacionalización fue real, pero limitada: más mexicanos afuera, sí, pero casi nunca hasta arriba.
Y ni siquiera fue sostenida. En Qatar 2022, la proporción de seleccionados provenientes de la liga mexicana volvió a subir a 62%; ahora, en 2026, ronda el 46 por ciento. La curva no revela una tendencia clara, sino una sucesión de avances y retrocesos. No es que los jugadores no salgan: es que lo suyo es más un goteo errático que una corriente estable.
Comparemos. Para este Mundial, sólo 19% de los convocados mexicanos juegan en alguna de las cinco grandes ligas europeas. Uruguay, con una liga más modesta que la mexicana y una población mucho más pequeña, duplica ese porcentaje. Brasil casi lo triplica. Y Argentina lo cuadruplica. Pero el espejo más incómodo es el de Estados Unidos. País vecino, misma confederación, una liga pujante aunque con mucha menos tradición, y tiene a la mitad de su selección jugando en alguna de las grandes ligas europeas: más del doble que México.
Hay un par de maneras de mandar jugadores a la élite, y México no hace ni una ni otra. Una es la uruguaya: una liga que no paga lo que pagan afuera, y cuyos mejores futbolistas son fácilmente reclutados en el extranjero. La otra es la estadounidense: una liga rica pero todavía menor, que asume su lugar secundario y manda a sus promesas a curtirse en Europa. La mexicana, en cambio, retiene a sus jugadores, aunque más por el sueldo que por el nivel. Un jugador que en Uruguay tendría que salir para ganar más, o que en Estados Unidos saldría para foguearse mejor, en México se queda -cómodo, bien pagado- sin que nadie le exija más.
El resultado es una liga a un tiempo próspera y mediocre, y una selección que se internacionalizó sin volverse mejor. Y así, Mundial tras Mundial, México sigue esperando un futuro que no acaba de llegar.
Por Carlos Bravo Regidor