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Entre la derrama temporal y los desafíos estructurales de México
00:10 sábado 20 junio, 2026
Colaboradores
Cada mañana comienzo el día revisando notas especializadas, reportes económicos, análisis de mercado, podcasts y esos grupos de WhatsApp donde suele aparecer información interesante incluso antes de llegar a los medios tradicionales. Entre indicadores, expectativas de crecimiento y movimientos financieros, hoy me encontré con una declaración de BBVA México que llamó particularmente mi atención, no sólo por lo que dice sobre el Mundial de Futbol de 2026, sino porque refleja una realidad mucho más profunda sobre el momento que atraviesa la economía mexicana. La institución redujo su expectativa de crecimiento para el próximo año de 1.8% a 1.2%, aunque al mismo tiempo estima que la Copa del Mundo podría aportar alrededor de 0.3 puntos porcentuales al Producto Interno Bruto (PIB) nacional si la Selección Mexicana logra avanzar más allá de las primeras fases del torneo, una afirmación que inevitablemente genera titulares porque combina dos temas que despiertan gran interés entre los mexicanos: el futbol y la economía.
El planteamiento resulta atractivo, genera conversación y conecta con el entusiasmo natural que rodea a un evento de esta magnitud, especialmente porque la idea de que un mejor desempeño deportivo pueda traducirse en más turismo, mayor consumo y una derrama económica relevante parece una combinación perfecta para alimentar el optimismo. Sin embargo, detrás de ese titular existe una discusión mucho más profunda que merece ser analizada con mayor rigor, ya que la verdadera pregunta no es si el Mundial generará actividad económica, algo que prácticamente nadie discute, sino si un evento temporal tiene la capacidad de compensar o al menos atenuar las debilidades estructurales que desde hace años limitan el potencial de crecimiento de la economía mexicana.
Desde una perspectiva económica, los megaeventos deportivos suelen generar lo que se conoce como un shock positivo de demanda agregada de corto plazo, fenómeno que ocurre cuando miles de visitantes incrementan simultáneamente su gasto en hospedaje, transporte, alimentos, entretenimiento, comercio y servicios relacionados, provocando una expansión temporal de la actividad económica.
Como consecuencia, hoteles elevan sus niveles de ocupación, restaurantes registran mayores ventas, aerolíneas amplían operaciones, comercios reciben más clientes y gobiernos locales observan un aumento en la recaudación vinculada al consumo. Todo ello termina reflejándose en las estadísticas económicas y genera una percepción de dinamismo que es completamente real, aunque también es importante entender que este tipo de crecimiento responde principalmente a factores coyunturales y no necesariamente a un fortalecimiento de la capacidad productiva del país.
Ahí es donde comienza la parte más interesante del análisis, porque una economía puede crecer durante algunos meses impulsada por un evento extraordinario sin que eso implique una mejora estructural en sus fundamentos. La derrama económica asociada a un Mundial tiene una fecha de inicio y una fecha de conclusión perfectamente identificables, por lo que una vez que los turistas regresan a sus países y los estadios dejan de estar llenos, la economía vuelve a depender de las variables que verdaderamente determinan su capacidad de crecimiento de largo plazo: la productividad, la inversión, la innovación, la infraestructura, la formación de capital humano, la competitividad y la confianza empresarial. Dicho de otra forma, el Mundial puede acelerar temporalmente el motor, pero difícilmente cambia la potencia del vehículo.
La experiencia internacional permite entender mejor este fenómeno. Sudáfrica llegó al Mundial de 2010 con la expectativa de aprovechar el evento como una plataforma de transformación económica, destinando miles de millones de dólares a infraestructura urbana y deportiva bajo la promesa de generar beneficios duraderos. Sin embargo, conforme pasaron los años, diversos estudios encontraron que gran parte de los efectos positivos fueron temporales y que las ganancias estructurales quedaron muy por debajo de las proyecciones iniciales. Brasil enfrentó una situación similar en 2014, cuando el entusiasmo generado por la organización de la Copa del Mundo contrastó posteriormente con una de las etapas económicas más complejas de su historia reciente, demostrando que los grandes eventos pueden mejorar indicadores en el corto plazo sin alterar necesariamente las tendencias profundas de crecimiento. Incluso en economías desarrolladas, donde la infraestructura, la capacidad financiera y la institucionalidad son considerablemente más sólidas, los beneficios de estos eventos suelen concentrarse en períodos muy específicos y rara vez modifican de manera sustancial la trayectoria económica de una nación.
Resulta particularmente interesante la lectura del propio informe de BBVA, ya que mientras destaca el impacto positivo que podría generar el Mundial, reconoce simultáneamente una desaceleración en la inversión, una moderación en el consumo privado y un entorno económico menos dinámico para los próximos años. En otras palabras, el ajuste a la baja de las expectativas de crecimiento no se explica por la ausencia de eventos internacionales ni por una menor actividad turística, sino por factores mucho más profundos relacionados con la formación de capital, las expectativas empresariales, la incertidumbre económica y la evolución de la productividad. Es precisamente ahí donde se encuentra la discusión que debería ocupar la mayor parte de nuestra atención.
La inversión fija bruta constituye probablemente el mejor termómetro para evaluar esta situación, ya que ninguna economía ha logrado sostener tasas elevadas de crecimiento durante largos periodos sin incrementar de forma constante su capacidad productiva. Son las nuevas plantas industriales, los centros logísticos, la infraestructura energética, los proyectos tecnológicos y las inversiones estratégicas las que permiten producir más, generar empleos de mayor valor agregado y elevar la competitividad de una economía. Cuando la inversión pierde dinamismo, el crecimiento potencial también comienza a deteriorarse, razón por la cual los 0.3 puntos porcentuales que podría aportar el Mundial lucen relevantes desde una perspectiva coyuntural, pero insuficientes frente a los desafíos estructurales que enfrenta el país.
Basta comparar esa cifra con otros factores económicos para dimensionar el tamaño del reto. Una mejora sostenida de apenas un punto porcentual anual en la productividad laboral podría generar beneficios acumulados considerablemente superiores a los derivados de cualquier torneo deportivo, mientras que una reducción significativa de la informalidad tendría efectos permanentes sobre la recaudación fiscal, la inclusión financiera y la capacidad de crecimiento de largo plazo. Incluso medidas menos visibles mediáticamente, como la simplificación regulatoria, la digitalización de procesos gubernamentales o una mayor certeza jurídica para la inversión, podrían tener un impacto mucho más profundo sobre la competitividad nacional que cualquier derrama asociada a unas cuantas semanas de actividad extraordinaria.
A esta discusión se suma un tema que considero particularmente relevante y que, paradójicamente, suele recibir mucha menos atención que el entusiasmo generado por eventos de gran visibilidad mediática: la situación de las finanzas públicas. BBVA advierte que el espacio fiscal del país se ha reducido de manera importante durante los últimos años, una observación que puede parecer técnica pero que en realidad tiene implicaciones profundas para el futuro económico de México, ya que el espacio fiscal representa la capacidad que tiene un gobierno para responder a crisis económicas, financiar proyectos estratégicos o absorber choques externos sin comprometer la sostenibilidad de sus cuentas públicas. Cuando ese margen comienza a disminuir, la vulnerabilidad aumenta y las opciones de política económica se vuelven más limitadas.
En ese contexto, las estimaciones que apuntan a una deuda pública cercana al 60% del PIB hacia finales de la década merecen una reflexión seria. Es cierto que existen economías con niveles de endeudamiento considerablemente superiores, pero las comparaciones deben realizarse con cautela porque no todas las naciones enfrentan las mismas condiciones financieras. Japón puede sostener una deuda muy elevada gracias a la profundidad de su mercado interno y a las características particulares de su sistema financiero, mientras que Estados Unidos cuenta con la ventaja de emitir la principal moneda de reserva internacional. México, por el contrario, depende en mucho mayor medida de la confianza de inversionistas nacionales e internacionales, por lo que variables como la estabilidad macroeconómica, la disciplina fiscal y la credibilidad institucional adquieren una importancia estratégica.
Precisamente por ello, mantener el grado de inversión debería entenderse mucho más allá de una simple calificación financiera. Una eventual degradación elevaría el costo del financiamiento para el gobierno, para las empresas e incluso para los consumidores, generando efectos que terminarían afectando la inversión y el crecimiento económico en un momento donde precisamente se requiere fortalecer ambos elementos. Algo similar ocurre con el tipo de cambio. La expectativa de un dólar cercano a los 17.80 pesos refleja una depreciación moderada, pero también pone sobre la mesa la necesidad de reconocer que parte de la fortaleza reciente del peso ha estado asociada a factores externos, como la debilidad global del dólar y las operaciones de carry trade, condiciones que podrían modificarse rápidamente si cambian las circunstancias financieras internacionales o si aumenta la percepción de riesgo sobre los mercados emergentes.
Todo lo anterior nos lleva a una reflexión más amplia sobre la forma en que abordamos la discusión económica en México. Mientras buena parte del debate público se concentra en estimar cuánto podría aportar el Mundial al crecimiento del PIB, temas como la productividad, la competitividad, la innovación, la calidad institucional o la atracción de inversión reciben una atención considerablemente menor, a pesar de que son precisamente esos factores los que determinarán la capacidad del país para competir en un entorno global cada vez más exigente. La verdadera competencia económica de México no se encuentra en la cancha, sino en su capacidad para atraer proyectos productivos frente a economías como Vietnam, India o Indonesia, en desarrollar talento especializado que responda a las nuevas necesidades tecnológicas y en consolidar cadenas de valor capaces de aprovechar fenómenos como el nearshoring.
La realidad es que México lleva décadas enfrentando dificultades para superar tasas promedio de crecimiento cercanas al 2%, una cifra que contrasta significativamente con el desempeño observado en diversas economías asiáticas que durante largos periodos han mantenido expansiones superiores al 5% e incluso al 7%. La diferencia no radica en la organización de eventos internacionales ni en la capacidad de generar entusiasmo colectivo, sino en la construcción de políticas orientadas a elevar la productividad, fortalecer la inversión, mejorar la calidad educativa, impulsar la innovación y generar condiciones favorables para el desarrollo empresarial.
Por supuesto, sería un error minimizar los beneficios asociados al Mundial. El torneo representa una oportunidad valiosa para proyectar una imagen positiva del país, atraer visitantes, fortalecer sectores vinculados al turismo y generar actividad económica en múltiples regiones. Los beneficios existen, son reales y deben aprovecharse. Sin embargo, también sería un error asumir que una derrama temporal equivale a una estrategia de desarrollo económico o que unas cuantas semanas de actividad extraordinaria pueden sustituir el trabajo permanente que requiere la construcción de una economía más productiva y competitiva.
Las economías sólidas no crecen porque organizan eventos extraordinarios; en realidad, suelen organizar eventos extraordinarios porque previamente construyeron economías sólidas. Esa diferencia es mucho más importante de lo que parece, porque mientras los aficionados observan el marcador en la cancha y celebran cada avance de la Selección Mexicana, los inversionistas observan un tablero completamente distinto, uno donde no cuentan los goles ni las eliminatorias, sino indicadores como la inversión productiva, la productividad laboral, la disciplina fiscal, la confianza empresarial y la fortaleza institucional. Es en ese terreno donde realmente se definirá el crecimiento económico del país durante la próxima década.
La pregunta de fondo no es si México llegará al quinto partido. La verdadera pregunta es si la economía mexicana será capaz de superar la dependencia de estímulos temporales y construir las condiciones necesarias para competir de manera permanente en las grandes ligas del crecimiento económico mundial, porque cuando el Mundial termine, los estadios se vacíen y las luces se apaguen, serán precisamente esas variables las que seguirán determinando el futuro económico del país.
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SOBRE LA FIRMA
Columnista en #Globalmedia desde el 2018
Escribe sobre economía y política nacional e internacional.
Economista, Doctor en Adminstración con experiencia en Mercados Financieros.