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Hay señales delicadas, como el no generar trabajos estables al ritmo que el país necesita
00:10 viernes 29 mayo, 2026
Colaboradores
Hay datos que los gobiernos celebran demasiado rápido y estadísticas que, cuando se leen completas, terminan contando una historia completamente distinta. Hoy México presume una tasa de desempleo relativamente baja, pero debajo de ese dato aparentemente positivo se está formando una de las reconfiguraciones laborales más delicadas de los últimos años: menos empleos industriales, más informalidad y una economía que comienza a sustituir estabilidad por supervivencia.
El dato de los 10 mil empleos eliminados por empresas del principal índice bursátil mexicano no es una anécdota financiera; es una señal estructural. Cuando gigantes como Sigma, Coca-Cola FEMSA, Cemex o Grupo Carso empiezan a adelgazar plantillas de manera agresiva, el mensaje corporativo es brutalmente claro: el mercado dejó de premiar expansión y comenzó a recompensar eficiencia extrema. Ya no importa cuántos trabajadores tengas; importa cuánto puedes producir gastando menos.
Y eso cambia completamente la lógica económica del país. Durante años, estados industriales del Bajío como San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro o Aguascalientes construyeron su narrativa de crecimiento alrededor de manufactura, cadenas de suministro y empleo formal relativamente estable. Pero hoy el tablero está cambiando. Las grandes industrias empiezan a automatizar, fusionar procesos, cerrar líneas menos rentables y reducir costos laborales como mecanismo de defensa frente a incertidumbre energética, desaceleración económica y tensiones comerciales internacionales.
Lo más preocupante es que esta "transformación" está ocurriendo silenciosamente. Mientras las industrias despiden, los supermercados y cadenas de autoservicio contratan. Chedraui, La Comer y Walmex aumentaron plantilla porque el consumidor mexicano no dejó de gastar; simplemente dejó de consumir hacia arriba. El dinero ya no se dirige al crecimiento patrimonial o al consumo aspiracional. Se está refugiando en comida, limpieza, farmacia y productos básicos. Es la economía del “aguantar”, no la economía del progreso.
Y es que, para incomodidad de las autoridades de los diferentes niveles, no todos los empleos pesan igual para el desarrollo de una región. Perder puestos industriales o administrativos de alto valor agregado para sustituirlos por empleos operativos de retail sí representa una degradación económica gradual. Tal vez el número total de personas ocupadas no colapse, pero el ingreso promedio, la estabilidad y la movilidad social sí comienzan a erosionar lentamente.
San Luis Potosí enfrenta particularmente un riesgo importante en este nuevo contexto. Durante años apostó gran parte de su crecimiento a parques industriales, manufactura automotriz y cadenas globales de proveeduría. Pero si las corporaciones entran en una etapa prolongada de “hacer más con menos”, el estado tendrá que replantear urgentemente cómo genera empleos de calidad fuera del modelo industrial tradicional. Porque depender únicamente de inversión manufacturera en un entorno global de automatización ya no garantiza estabilidad social de largo plazo.
Además, el deterioro laboral está siendo disfrazado por la informalidad. Ahí está la verdadera trampa de las cifras. México generó más de medio millón de ocupaciones, sí, pero la mayoría fueron absorbidas por el mercado informal. Es decir: trabajos sin seguridad social, sin ahorro para retiro y sin estabilidad jurídica. La economía mexicana está produciendo ocupación, pero no necesariamente bienestar. Y cuando más de la mitad de la fuerza laboral vive fuera de la formalidad, el problema deja de ser laboral y se convierte en un riesgo de gobernanza.
Otro dato que debería encender alarmas políticas es el crecimiento de la población “no disponible” para trabajar, particularmente mujeres dedicadas a labores de cuidado. Eso significa que miles de personas simplemente dejaron de buscar empleo porque el sistema económico ya no les ofrece condiciones viables para integrarse. El mercado laboral no solo se desacelera; también comienza a expulsar silenciosamente a sectores completos de la población.
¿Qué áreas de oportunidad existen? Muchísimas, pero requieren visión que hoy todavía parece ausente. Los gobiernos estatales y municipales del Bajío necesitan dejar de competir únicamente por atraer fábricas y comenzar a construir ecosistemas completos de innovación, digitalización, logística y servicios tecnológicos. La próxima ola de empleo no vendrá únicamente de líneas de ensamblaje; vendrá de datos, automatización, inteligencia artificial, electromovilidad y cadenas inteligentes de distribución.
El sector empresarial también tendrá que entender que la austeridad permanente tiene costos sociales. Reducir nóminas puede mejorar balances trimestrales, pero debilitar el poder adquisitivo termina golpeando al mismo mercado que sostiene el consumo interno. ¿Qué ocurrirá cuando ni siquiera el consumo básico pueda sostener el ritmo económico? Ahí descubriremos si esta “purga de eficiencia” fue una corrección preventiva, o el inicio silencioso de una desaceleración mucho más profunda para México y particularmente para el Bajío industrial.