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¿Y si la narcopolítica fuera menos un objetivo en sí que un punto de presión para una agenda distinta?
00:01 miércoles 11 febrero, 2026
Colaboradores
Se ha vuelto un lugar común en la opinión pública mexicana sostener que Donald Trump presiona a Claudia Sheinbaum para que entregue a políticos de Morena vinculados con la delincuencia organizada. La idea es que Washington ya no se conforma con detenciones de operadores o “extradiciones” de capos, sino que ha puesto su mirada más arriba, en las redes políticas que le ofrecen protección al “narco”. Así, la Casa Blanca estaría escalando sus objetivos y enviando un mensaje ejemplarizante: no basta con combatir a los “cárteles”, hay que acabar también con las complicidades dentro del propio partido gobernante.
Puede ser, pero tengo para mí que esa lectura resulta problemática en al menos tres sentidos. Primero, porque la prioridad de Trump no es tanto acabar con el contubernio entre el crimen y el poder en México como reducir las muertes por consumo de fentanilo en Estados Unidos. Y eso, según las cifras del CDC (https://shorturl.at/grKoW), ya viene ocurriendo desde finales del 2023.
Segundo, porque dicha lectura estaría sobreestimando el rendimiento en suelo estadounidense de una “cacería” de narcopolíticos mexicanos. A Trump seguro le complace la escena de fuerza, la óptica de estar “doblando” a México, pero es muy improbable que la llegada de alcaldes, legisladores, gobernadores o hasta de algún integrante del gabinete de Sheinbaum a una corte o una cárcel estadounidense influya en los votantes de Alaska, Carolina del Norte, Iowa, Maine, Ohio o Texas -estados donde el trumpismo está flaqueando- de cara a las elecciones intermedias de este año.
Y tercero, porque no hay que confundir lo que podría ser el objetivo de la presión con su aparente blanco. Lo aparente sería la entrega de narcopolíticos, la creación de una vitrina que los exhiba como “presas” del trumpismo. Pero lo realmente útil para Trump -lo que sí puede traducir en ventajas domésticas- son las concesiones concretas, medibles y comunicables en su idioma: más controles migratorios, “coordinación” en seguridad, acceso a recursos naturales, medidas comerciales contra sus adversarios, etc. Una cosa son los trofeos para la foto y otra las facturas que se cobran.
Vista así, tal vez la narcopolítica mexicana sea menos un objetivo en sí mismo que un eficaz punto de presión para lograr una agenda distinta. Para Sheinbaum, abrir esa caja sería muy oneroso: por el riesgo de tocar redes de protección locales y por el costo de fracturar equilibrios más amplios dentro de su propia coalición. Para Trump, en contraste, apretar por ahí tiene una clara ventaja: explotar las ansiedades de Palacio, subir el precio de la renuencia a “cooperar” y volver más factibles otros sacrificios -más costosos para el país, pero más manejables para la presidenta-.
Sheinbaum está cuidando un flanco muy vulnerable para su coalición, Trump lo está explotando pero para cobrar en otras ventanillas. Insisto: quizá en México no estamos queriendo asimilar que la narcopolítica puede no ser el objetivo de la Casa Blanca, sino sólo su palanca.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg