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Hoy, Estados Unidos ejerce su hegemonía como un alarde de fuerza, una exhibición de arbitrariedad
00:01 miércoles 11 marzo, 2026
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En su clásico Amérique (Grasset, 1986), Jean Baudrillard escribió sobre Estados Unidos como un país donde lo visible desplaza a lo profundo y la realidad es reemplazada por el simulacro de su exhibición. Embriagada de sí misma, la cultura estadounidense es adicta “al regocijo de la obscenidad, la obscenidad de lo obvio y la obviedad del poder”. Leído cuarenta años después, ese aforismo ofrece una clave para entender la política exterior de Donald Trump. Porque lo obsceno no está sólo en lo brutal, sino en la brutalidad de lo que se muestra sin pudor. Y así está ejerciendo hoy su hegemonía Estados Unidos: sin el viejo ropaje de la responsabilidad, el deber o la necesidad, como un cínico alarde de fuerza, una deliberada exhibición de arbitrariedad.
No se trata de una mera variación de estilo. Cuando una superpotencia trata de justificar sus actos apelando a valores o normas, significa que todavía admite -aunque sea de manera impostada- la existencia de umbrales de vergüenza, de ciertas apariencias que le conviene guardar. Cuando esos límites dejan de importarle, el orden global se degrada. Las reglas pierden vigencia y se desdibuja el imperativo de que el poder debe someterse, siquiera nominalmente, a algo distinto de su propia ambición. El trumpismo empuja a Washington hacia un mayor descaro y, con ello, hacia un desfondamiento de las formas que antes imponían al menos una sombra de decoro y contención.
Pero lo perturbador no son solamente los hechos; es, además, el lenguaje que trata de normalizarlos. La devastación de Gaza al servicio de una fantasía inmobiliaria, como proyecto de desarrollo para una “Riviera del Medio Oriente”. La intervención en Venezuela convertida en una tutela que Estados Unidos va a “administrar” mientras “nuestras enormes compañías petroleras arreglan la infraestructura, aumentan la producción y empiezan a generar dinero”. El descabezamiento del régimen iraní mediante la “Operación Furia Épica”, que ya desde su nombre representa la guerra como si fuera mercadotecnia para un videojuego. En los tres casos hay más que violencia: hay una retórica de apropiación, gestión y espectáculo que la banaliza hasta volverla trámite, incluso oportunidad de negocio.
Baudrillard vio en Estados Unidos algo más que un poder imperial: vio una extraña alianza entre gigantismo y estupidez, entre desmesura material y frivolidad simbólica, entre capacidad de mando y ligereza moral. Lo que le interesaba era precisamente la facilidad con la que esa cultura podía despojarlo todo de peso, de espesor, de complejidad y, en lugar de sonrojarse, enorgullecerse por ello. Lejos de una ruptura, Trump representa la expansión de esa lógica en el plano internacional. En sus manos, la solemnidad de la geopolítica queda reducida a la sintaxis de un eslogan. He ahí el regocijo obsceno en la obviedad de su poder: la arrogancia de tratar al mundo como si fuera apenas escenografía.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg