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Hazlitt no sólo denuncia el abuso del poder, sino a la inteligencia que se arrodilla para justificarlo
00:10 martes 2 junio, 2026
Colaboradores
Mucho antes de que tantos cortesanos tuvieran columnas, paneles, programas o cuentas verificadas, William Hazlitt (Kent, 1778-1830) ya les había encontrado un título acorde con su biología política: tragasapos. La expresión parece una injuria cómica, pero anuncia una teoría moral del sometimiento. El poder no sólo se impone desde arriba; también se sostiene desde abajo: en la vanidad de quienes lo adulan, en la petulancia de quienes lo justifican, en la audacia de quienes saben arrodillarse con estilo.
La razón, el conocimiento y la cultura deberían ensanchar naturalmente el campo de la libertad. Pero cuando los poderosos sienten que se les aflojan las riendas, aprenden a torcer esa lógica. Pueden reprimir, intimidar o seducir a la intelligentsia. Publicado originalmente en 1817, De la relación entre los tragasapos y los tiranos (Ditoria Hormiga, 2011) es un ensayo radical, abiertamente jacobino, que no idealiza a los que hoy llamaríamos profesionales de la opinión pública como guardianes insobornables de la verdad. Los retrata, más bien, como una tribu altiva, narcisista, mezquina, dispuesta a confundir sus pequeños agravios personales con grandes causas públicas.
Los periodistas, escritores o especialistas pueden alinearse con el trono a cambio de dinero, desde luego, pero también por apetito de reconocimiento, por resentimiento, rivalidad o avidez de relevancia. El tragasapos no siempre es un ignorante o un imbécil. A veces es alguien bien formado, incluso brillante, que hace de su inteligencia una forma refinada de abyección.
“La admiración del poder en otros es tan común en el hombre como el amor al poder propio”, escribe Hazlitt: la primera produce esclavos; el segundo, tiranos. De un lado está la voluntad de mandar sin límites; del otro, el deseo de inclinarse una y otra vez ante quien manda. El vasallo se enamora de la imagen de sí mismo que refleja la corona de su amo; supone que entre más resplandezca ese cacharro, más brillará él.
Porque los tragasapos no se limitan a aceptar su subordinación; necesitan embellecerla. Le llaman entonces sensatez a la claudicación, realismo a la cobardía, compromiso con la causa a la renuncia de cualquier principio. Y así, vestidos con el ropaje engañabobos de sus eufemismos, ejercen como administradores simbólicos de la obediencia. O, en palabras de Hazlitt, como “padrotes intelectuales del poder”.
El blanco inmediato de su denuncia era la prensa conservadora de su tiempo, la restauración monárquica y la traición de ciertos hombres de letras después de la Revolución francesa. Pero la fuerza de su argumento está en haber visto algo mucho más duradero: que todo poder requiere escoltas morales. No sólo fuerza pública, leyes, jueces o burócratas; también intérpretes capaces de legitimar los abusos y volver razonable la resignación.
Nada corrompe tanto a la inteligencia como descubrir que puede llamar libertad a su propia servidumbre.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg