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La caída de El Mencho cierra una trayectoria criminal, pero abre una prueba para el Estado mexicano
00:10 jueves 26 febrero, 2026
Colaboradores
El abatimiento de El Mencho es, en principio, un hecho de gran relevancia. Por el perfil del personaje. Por el tamaño del cártel que encabezaba. Por la señal de autoridad que envía una operación de esa magnitud.
El problema empieza cuando de ese hecho se desprenden conclusiones demasiado rápidas y definitivas. Porque la neutralización de un objetivo de alto valor como él puede ser, al mismo tiempo, un éxito táctico, un resultado de incentivos políticos internos o externos, y un detonador de más violencia. No hay contradicción: hay distintos niveles de análisis y distintos plazos para evaluar. Conviene distinguirlos.
También conviene evitar dos reflejos habituales en la coyuntura. Uno es el triunfalismo: celebrar que cayó un capo como si eso aniquilara a su organización o implicara una pacificación automática. La experiencia acumulada sugiere que no suele ser así. Una cosa es el golpe y otra sus repercusiones. Y el otro reflejo es el nihilismo: lamentar que estas acciones no sirven porque hay represalias o se intensifican los enfrentamientos. Tampoco. El Estado no puede renunciar a perseguir liderazgos criminales sólo por temor a efectos contraproducentes.
Todavía es demasiado pronto, sea para aplaudir o para abuchear. Porque lo decisivo no es tanto lo que pasó, sino lo que sigue.
Primero, la reacción territorial. La cuestión no es sólo si hay bloqueos y ataques, sino cuántos, dónde, por cuánto tiempo, con qué grado de coordinación, con cuántas afectaciones a la población, con qué arraigo local y con qué tipo de respuesta –o no– por parte de la fuerza pública.
Segundo, la estructura subsistente. La duda ya no es quién mandaba ayer, sino quién puede mandar mañana. Los escenarios son conocidos –sucesión ordenada, fragmentación interna, depredación externa, recentralización violenta, debilitamiento operativo o reconfiguración del negocio–, pero sus probabilidades no se definen de inmediato. Se empiezan a revelar, con el tiempo, en patrones identificables: homicidios, extorsión, desapariciones, control de rutas, disciplina o defección de células locales, etcétera.
Tercero, el saldo estratégico de la intervención. Esta es la parte menos visible, pero quizá la más importante. Una operación de semejante magnitud abre una ventana de oportunidad para la autoridad: detenciones de segundo y tercer nivel, desarticulación de cadenas de mando, aseguramiento de activos, ofensiva financiera, quiebre de nodos logísticos y de redes de protección política. Si esa ventana no se aprovecha, la organización criminal puede mutar o recomponerse. Sin seguimiento institucional, lo que lucía como una victoria puede convertirse en una nueva derrota.
Hoy, apenas 48 horas después, más que ceder a los veredictos instantáneos, toca observar la secuencia que viene. Sobran palabras, falta evidencia. La pregunta fundamental no es quién se cuelga la medalla, es si el Estado mexicano será capaz de gobernar las consecuencias de su propio operativo.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg