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¿Y el cubano de a pie? ¿Cuándo verá la libertad de decir "esto no"?
00:10 viernes 5 junio, 2026
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No me gusta mucho hablar sobre capitalismo contra comunismo porque me parece una guerra simplona, llena de argumentos bastante vagos y bastante reductores de las realidades que cada uno de estos sistemas propone. Por un lado, creo que muchos de los partidarios del capitalismo ensucian la idea comunista porque así pueden ocultar ciertas injusticias que también existen dentro del propio sistema. Por otro, quienes están en contra del capitalismo suelen mostrarse bastante necios a la hora de reconocer ventajas y desventajas de uno y otro sistema. A veces pareciera que lo que realmente les molesta es simplemente que exista el capitalismo y -en medio de diatribas- se les olvida proponer algo más efectivo que el fracaso comunista. Incluso hay quienes, en un conocimiento vasto y profundo de la teoría económica tienen un discursillo bastante masticado sobre tecnicismos financieros o atavismos marxistas. Bah. Nada más alejado de la realidad cuando se ejecuta lo que se dicta en el papel. Y no, esto no significa que yo sea un fiel partidario del capital. Entiendo perfectamente que tiene sus bemoles, sus lados oscuros y muchas desigualdades que siguen afectando a millones de personas. Pero si tuviera que inclinarme por uno de los dos modelos, preferiría aquel que, con todos sus defectos, me permita salir de mi zona de confort, emprender algo distinto y aspirar a construir una vida diferente. Porque al final del día, el comunismo, al menos en sus experiencias históricas más conocidas, difícilmente puede presumir resultados exitosos. Y si hay un lugar donde el comunismo ha quedado a deber, ese lugar es Cuba. Quien haya visitado la isla o seguido lo que ha pasado la isla los últimos meses a través de los medios podrá darse cuenta de la complicada situación que vive el pueblo cubano. Muchos atribuyen esa realidad exclusivamente al embargo impuesto por Estados Unidos hace décadas, pero es una visión a medias, pues también valdría la pena mirar hacia la dirigencia política cubana, que durante generaciones hizo y deshizo a costa de su propio pueblo en materia económica, política y social y que impulsaron esa otra deuda, me refiero a la ignominia del pueblo cubano, al que le fue arrebatado todo, la libertad por delante. Las carencias -sobra decirlo- son evidentes. Las tiendas no parecen tener un giro definido y puede uno encontrar prácticamente cualquier producto mezclado en espacios mínimos; existen problemas de abastecimiento; dificultades para vestir, calzar y acceder a servicios básicos; crisis energética, sanitaria y de agua. Son realidades que terminan pagando los ciudadanos comunes mientras las élites políticas permanecen intactas. Y no, no me refiero a las élites yanquis, sino a los Díaz Canel y a la comitiva Castrista que acumulan unos 18 mil millones de dólares en el bolsillo tras décadas de dictadura. En medio de ese escenario aparece la presión que Estados Unidos ha intensificado bajo el liderazgo de Donald Trump. No hace falta presentar demasiado al presidente estadounidense, pues ya sabemos quién es, conocemos su forma de entender la política y, sobre todo, la geopolítica. Todo parece indicar que una de sus prioridades consiste en debilitar a los gobiernos de izquierda en América Latina. Ahí aparecen los casos de Venezuela y Cuba, dos piezas estratégicas dentro del tablero regional. Y aunque nadie puede asegurar qué ocurrirá en los próximos años, resulta evidente que la presión diplomática, económica y política sobre La Habana se ha incrementado de manera importante. Sin embargo, amable lector, me atrevería a conjeturas que loo verdaderamente relevante, sin embargo, no es lo que ocurra con Washington ni con los líderes cubanos. Lo importante es lo que ocurra con los cubanos de a pie, esos que no pueden vender manzanas de su propio árbol ni pescar en sus mares. Los líderes, esos seguirán. Sean cubanos o un gobierno impuesto por los gringos. Quizá nos toque ver la caída del régimen, parece que es una realidad inevitable que asoma desde el horizonte hacia La Habana y Santa Clara. Eso sucederá y sus consecuencias traerá para Cuba; porque, si algo hemos aprendido durante décadas es que ningún gobierno, ni de izquierda ni de derecha, actúa sin intereses de por medio. Estados Unidos no lo hace, como tampoco lo hicieron quienes gobernaron Cuba durante generaciones mientras señalaban constantemente los defectos ajenos. En este sentido, la pregunta es qué tipo de futuro le espera al pueblo cubano. No sé si el capitalismo resolverá todos sus problemas. Francamente lo dudo. El capitalismo también genera desigualdades, injusticias y privilegios, solo que hay una diferencia que me parece fundamental y es que al menos ofrece mayores espacios para disentir, para criticar, para emprender y para levantar la voz cuando algo no funciona. Quizá los cubanos descubran que la libertad económica no resuelve por sí sola todos los males, aunque también podrían descubrir algo que durante décadas les ha resultado mucho más difícil ejercer y eso es la posibilidad de expresar públicamente su inconformidad, organizarse, reclamar y participar en la construcción de su pueblo, no solo en el frente económico, que sí importa -y vaya que urge-, sino en reencontrar a una nación que pueda, al menos una vez, decir o hacer lo que le venga en gana sin que eso provoque la furia irascible de sus dirigentes.