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Un atajo literario que me parece, en lo personal, un acierto bárbaro del arte escrito
00:10 viernes 3 julio, 2026
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Imagine usted que la humanidad entera avala el canibalismo. Es imposible consumir otro tipo de carne dado que un incontrolable virus nos dejó sin esa posibilidad y ahora no solamente se autoriza el consumo de carne humana, sino que además existen criaderos, laboratorios; incluso el lenguaje, el nombrarlo, se va haciendo parte de nuestra adaptación a esa nueva forma de vida. Es esa la situación a la que nos enfrentamos en 'Cadáver exquisito', de Agustina Bazterrica, una novela que nos lleva por el género distópico con todo lo que se sabe: dureza, opresión y deshumanización, pero con reflexiones bastante propias. Por ejemplo: ¿somos lo que comemos?, o bien, ¿hasta dónde somos capaces de llegar? Un atajo literario que me parece, en lo personal, un acierto bárbaro del arte escrito. ¿Qué tienen las novelas distópicas? De entrada, situaciones y acciones exageradas de una sociedad; narrativas que van moldeando la realidad hasta que lo aberrante se vuelve cotidiano. En muchas ocasiones, un personaje que despierta e intenta ir contra ese sistema que ya está bien aceitado. Los ejemplos, gusta decirlo, son más que numerosos en la literatura. Desde los clásicos que nos han volado la cabeza dando vuelta a sus páginas -'1984', de George Orwell; 'Ensayo sobre la ceguera', 'Ensayo sobre la lucidez' y 'Las intermitencias de la muerte', de José Saramago; 'Fahrenheit 451', de Ray Bradbury- hasta títulos un tanto menos conocidos como 'La guerra de las salamandras', de Karel Capek, o 'Nunca me abandones', de Kazuo Ishiguro. Todas ellas exploran todo lo opuesto al mundo ideal, pero que en la narrativa del opresor funcionó y mantiene en constante tensión a los personajes. Ahí radica su esencia: son mundos donde el libre albedrío es el enemigo público número uno. Cómo olvidar las cámaras que mantienen vigilado hasta en su recámara a Winston, o el confinamiento de los ciegos que, en una paradoja incontestable, ven la cara más cruel de la humanidad cuando una amenaza incontrolable acecha. Es así como se mueve la novela distópica: como una advertencia sobre el futuro, pero a la vez como una mirada muy crítica del presente, y que transforma ese escenario idílico en el mundo al revés, más duro y desalentador. ¿Que por qué nos ponemos literarios distópicos? Es curioso que las reflexiones tengan su origen en las celebraciones que aficionados mexicanos han hecho a raíz de los triunfos de México en la fiesta futbolera que se vive hoy en día. Se han hecho virales videos sobre conductores arrollando aficionados que se acercan a los vehículos para agitarlos; personas que caminan por los rincones del país con la verde bien puesta y arrojan objetos a ventanillas de autos, o aquí mismo en San Luis Potosí, aficionados lanzándose piedras y un sinfín de objetos unos a otros. Sí. En medio de una celebración. Reflexionaba un gran amigo: ¿no será que estamos tan desacostumbrados a la alegría en este país que al tenerla, al unirnos todos en la misma causa de felicidad, no sabemos controlarla? Me pareció una reflexión sencillamente distópica. Veámoslo de esta manera: a México le urgía un gramo de alegría. Entre desapariciones, inseguridad y situaciones que no parecen levantar —que, ojo, no deben olvidarse; en ese punto hemos quedado a deber en empatía—, es natural, incluso podría sentirse necesario, que la gente tuviera un motivo para estar de buenas. Es más, la percepción de México hacia el exterior ha mejorado, no solo por lo que dicen los indicadores de turismo y los eruditos en el tema de la hotelería y el flujo de visitantes; no, esto se nota en lo que dice el extranjero, que también puede uno respirarlo en redes o platicando con ellos en un restaurante o plaza comercial. Están encantados con la idiosincrasia festiva y anfitriona del mexicano. Eso no está a discusión y, mire, envolviéndonos en el espíritu patriótico, se siente uno orgulloso. Pero ¿qué pasa cuando esa alegría parece totalmente desbordada y con miras a ir aumentando si el equipo mexicano eleva las esperanzas del famoso "¿Y si sí?" con sus victorias? ¿Será este el escenario ideal en donde, como nación, podamos mudar esa alegría y esa unión hacia los temas más sensibles que aquejan al país? ¿O será, más bien, una advertencia sobre la realidad inmediata? ¿No será que, más que un respiro largo y profundo, esta alegría es la espada de Damocles que pende encima de nosotros?